Gracias, Sumatra

Duración: 18 días | Presupuesto (2 comensales): 33€/día

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Después de nuestro ansiado encuentro con orangutanes en Bukit Lawang, cogimos un bus unas cinco horitas hasta un lugar bien fresquito llamado Berastagi. Está en las montañas, es muy verde y bastante arregladito para los estándares de Sumatra. Por recomendación de la dueña del hostel nos despertamos a las 3:30 de la mañana del día siguiente para ver el amanecer en un volcancito cercano, el Sibayak. Y allí arrancamos con dos chicos más del hostel a ver el Sibayak por nuestra cuenta, que resultaba estar mucho más lejos de lo que creíamos, por lo que no llegamos a ver el amanecer en la cima, pero las vistas fueron un regalo igualmente.

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Y cerca de un pequeño cráter, múltiples chorros de azufre bastante sorprendentes.

Aunque no tan sorprendentes como la cantidad de basura que encontramos en todo el camino y especialmente en la cima del volcán. 

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Aprendamos a cuidar lo que queremos, que se nos va todo al carajo…

Fuimos recogiendo lo que pudimos en una bolsa que llevamos hasta el pueblo pero claro, estamos hablando de 15 botellas de los kilos y kilos de basura que siguen allí arriba. Y así bajamos e hicimos camino hasta al hostel, esta vez con vistas totalmente distintas puesto que ya era de día. SIETE inesperadas horitas estuvimos ida y vuelta dale que te pego por un camino precioso lleno de naturaleza con ruidos de monos que nunca habíamos oído antes. Eran como risas de hienas chaladas. Este nuevo sonido primate nos tuvo riéndonos con ellos todo el camino, pero sin poder ubicar dónde estaban realmente.


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Después de un poco de aseo y descanso, arrancamos para el lago Toba en tres buses públicos que por primera vez funcionaron de maravilla sin timos de por medio. OEEEEE.

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La mitad del colegio iba en esta moto y la otra mitad en el techo de nuestro bus. Ante todo, seguridad.

El lago Toba es el lago de cráter mas grande del mundo y tiene una islita dentro, Samosir, donde fuimos a pasar una semanita de relax en un ambiente super agradable con apenas turistas. Nos quedamos en distintos alojamientos en Tuktuk, la zona más tranquila de la isla, y todos coincidían en estar impecables, ser cómodos y súper baratos (7 euritos la noche, 2 pax).

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Incluido en el precio, acostarte con Tinki Winki. Un sueño.

No hicimos casi nada durante toda la semana, aparte de admirar el lago y sus relieves, comer de maravilla y compartir tiempo con Fernanda y Mariano, los chicos con lo que compartimos cueva en Bukit Lawang y a quienes veníamos medio persiguiendo sin saberlo durante parte del viaje. Entre Bintang y Bintang nos enseñaron a jugar al Telefunken, un juego de cartas sudamericano, ahora convertido en uno de nuestros juegos favoritos. Y yo les enseñé a perder, obvio… También alquilamos un kayak y nos fuimos a dar una vuelta con ellos, que extrañamente no acabó con un accidente nuestro como es habitual, sino de ellos, que se dieron un buen chapuzón involuntario.

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También alquilamos una motito para recorrer la isla y ¡aleluya! Aprendí a conducir. Otro OEEEEEEEEEEE, por favor. Qué feliz soy ahora que no solo puedo ir de paquete. Lo de la legalidad ya lo arreglaremos más adelante, podemos seguir fingiendo un rato mas que tengo carnet y soy super experta. Lo que no sabíamos ninguno de los dos, ni el que sabe ni la que finge saber, es que hay un mecanismo que hace que algunas scooters no arranquen si no les quitas la patita de apoyo. Y ahi empezó el drama. Paramos en un parador de vete saber qué quilómetro perdido para ver las vistas del lago y cuando decidimos retomar camino, nada, la moto no arrancaba. Joder qué mal, no tiene gasolina seguramente, y ahora qué, si aquí no hay nada… A caminar en busca de gasolina por la carreterita de los demonios semidesierta hasta que al rato encontramos un buen hombre que nos vende una botellita. Ahora media vuelta hasta la moto otra vez. Al menos no estábamos totalmente solos…

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Medio sudaditos del paseo, echamos la gasolina y nada, que no arranca. Después de una nubecita de furia pensando que la señora del pueblo nos había dado una moto defectuosa, preguntamos a unos adolescentes que estaban cerca del parador y tras una mirada de sois blancos y encima gilipollas, aprendimos que la patita se saca… Se saca. la. patita… Bien. Todo es aprender. Con este nuevo golpe de buena suerte nos subimos contentos y avergonzados a la moto cuando empezó a diluviar. Y así estuvimos más de una hora tiritando empapados rozando la hipotermia intentando llegar a “casa”. Fue un buen día, qué leches. Total, que el lago Toba fue uno de nuestros lugares favoritos de Sumatra por bello, limpio, barato, cómodo y tener gente con tan buen rollo.


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Y por no quedarnos allí toda la vida atrapados en ese cómodo bienestar, cogimos ferry y bus y seguimos camino. Pero claro, en este punto, ya no teníamos ni idea de dónde ir, así que decidimos ir acercándonos a Padang, ciudad de donde salía el vuelo en unos cuantos días. Lo más cercano a Padang que vimos que podía resultar atractivo fue Bukittinggi, pero llegar hasta allí implicaba dos días enteros durmiendo en un bus y no era para nada una idea muy atractiva. Así que decidimos parar en una ciudad al azar a mitad de camino donde había una islita muy cerca que podríamos visitar. Y bueno… Fue toda una experiencia que agradecemos haber vivido pero no repetiríamos.

Al llegar a la estación de buses de Sibolga nos enreda un conductor de tuktuk para llevarnos hasta un hotel barato (no teníamos nada reservado) y nos deja en un cuchitril de mala muerte, más caro de lo que habíamos estado pagando y más sucio que el morro de un jabalí hambriento. Allí dormimos, entre pitis apagados en el suelo y manchas en sábanas, paredes y techo. Pero antes de tal deleite, decidimos dar una vuelta nocturna para ver la ciudad. IMPÓSIBOL. La gente nos miraba, nos perseguía, nos gritaba, incluso nos rodeó todo el pueblo durante 45 minutos mientras esperábamos recibir información sobre la isla. Nada, que teníamos que pagar un dineral para ir esos 30 minutos en lancha, así que entre agradecidos por la info y más incómodos que nunca en todo el viaje, intentamos salir corriendo de allí e ir a Bukittinggi. Y cómo nos costó. El señor del tuktuk del día anterior nos fue a buscar al hotel y de allí no se movió hasta que no decidimos ir con él a la estación y comprarle a él el ticket del bus con timo dinerístico de por medio del que solo nos hizo partícipes a medio camino, claro. Incluso nos llevó a comer grasa de cerdo picante y flotante por un dineral en el bar de su colega y luego nos persiguió por el mercado mientras íbamos en busca de unos plátanos.

Y en esa estación de los demonios tuvimos que esperar las dos horas más eternas que recuerdo del viaje. Todos los hombres nos gritaban, se nos sentaban al lado, nos ofrecían cualquier cosa, nos miraban a 30 centímetros de nuestras caras, incluso hubo contacto. Fue un momento escalofriante y gracioso a la vez. Un hombre con aliento fétido a alcohol se quedó maravillado con mi piel, me acarició el brazo y me preguntó que por qué era así. Y yo pensando que así cómo. Pues claro, así con pecas era. Estaba muy asombrado, y eso nos dio ternura, más allá de la incomodidad pasajera. Así nos despedimos de todos esos ojos curiosos entre aterrados y agradecidos y nos subimos al bus. Pero lo mejor de Sibolga no acabó ahí, pues estuvimos 13 horas infernales en el discomóvil a tope de volumen. Sí, pedimos dos veces que bajaran la maquineta, pero ni caso, oye, pa’ qué. Y así mientras el anciano del asiento de atrás nos vomitaba en las espaldas y tras un misterioso cambio de ruedas, llegamos finalmente a Bukittinggi a las 5 de la mañana. Una hora estupenda para hacer checkin en cualquier lugar, sí señor…


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Cuando logramos entrar en la habitación intentamos dormir una siestecita porque estábamos reventados, pero fue difícil porque teníamos una mezquita justo al lado con altavoces muy potentes. Ya nos habíamos acostumbrado a los distintos rezos diarios, pero en Bukittinggi escuchamos no solo los rezos, a los que llegamos a pillar cariño, sino horas y horas de monólogos por parte de un hombre que no dudaba en tirarse al micrófono sus eructos tal cual le venían. Aparte de eso que acaba siendo anecdótico, nos gustó mucho el pueblo: fresquito también, bastante arregladito, con vistas muy bonitas a un cañón, y muchos monos sueltos por ahí.

Después de recorrerlo unos tres días fuimos a Padang a coger un vuelo a la siguiente isla, Java, y con ella volveremos en el próximo post a contaros lo bien que lo pasamos jugando al escondite con Nemo o cómo nos intoxicamos en el Ijen a pesar de llevar máscaras de gas.

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La verdad es que nos hemos sorprendido mucho con Sumatra, y bromas y quejas bobas aparte, estamos muy contentos con el recorrido que hicimos. Si alguien tiene pensado venir a Indonesia, le animamos a que no deje Sumatra de lado. Tal vez no es el destino más cómodo, pero sí de los más gratificantes. Es una isla que no deja a nadie indiferente con su gente curiosa, su naturaleza viva, su comida básica pero deliciosa, su cultura y religión tan marcada y una fauna imperdible.

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¡Hasta la próxima, macaquiños míos!

 

 

 

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5 comentarios sobre “Gracias, Sumatra

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  1. ¡Qué genialidad de post! Me reí a carcajadas de eso que te miran tan de cerca y las pecas! pero es claro que a vos te gustó por que #DIVA! Sino, mira tu foto en el barco con la cara al sol, (Su Gimenez un poroto al lado tuyo!) Las cabras sonrientes las más lindas de todas! 🙂

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  2. Hahaha!. Qué risa. Y pensar que siempre te dio miedo la gente!!.lo que es la vida siempre se empeña en poner a prueba nuestras debilidades. Todo lo que estáis viviendo seguro os dejará alguna marca en el alma y os hará mejores personas. Si eso es posible!!?. Los amo
    Y escríbelo todo!! Es como estar ahí con vosotros. Es un regalo

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  3. Jajajajaja. Me han encantado todos los post que has hecho hasta ahora, están llenitos de ese humor que te caracteriza… es increíble cómo siempre te (les) pasan cosas insólitas. Y, mira, mis respetos por el par de huevos que tiene Pepi y el par de ovarios que tienes tú – a muchos nos encantaría seguir su ejemplo y ser unos trotamundos de primera.
    Beijinhos.

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