Costa Rica

El 7 de julio (2016) llegaba uno de los momentos del viaje que habíamos estado retrasando lo más que pudimos gracias a recomendaciones viajeras: entrar en Costa Rica. “Costa Rica es el país más caro del mundo”, “Aguantad en Nicaragua, en Costa Rica os van a clavar”, “Nosotros vamos a cruzar rapidito Costa Rica en tres días para llegar a Panamá con dinero” y comentarios del estilo hicieron que tuviéramos hasta miedo de cruzar la frontera. Y tenían razón… en parte. Ya nunca más volvimos a ver un buen plato de comida por 2 euros, la media era de 6 y todo en general tenía un precio de lo más europeo, algunas cosas incluso más caras. Aun así, con un poco de ingenio logramos ganarle a los precios y hacer que el hospedaje no nos cueste más de 20 euros la noche para los dos, como en los otros países, cosa que parecía impensable leyendo otros blogs. Y sobre todo, eligiendo bien a qué actividades dedicarles presupuesto, el dinero pasa a segundo plano porque Costa Rica es un país FLIPANTE. La naturaleza y la fauna que ofrece es espectacular y la gente es la más generosa y hospitalaria que hemos conocido nunca, sin importar lo poco que tengan.


20160707_134145-2.jpgHabía llegado pues el temido momento de cruzar la frontera. Fue un día de heces. Después de que unos canadienses simpatiquísimos nos robaran comida de la nevera del hostel, nos fuimos calentitos a buscar el bus para la frontera de Peñas Blancas. En mitad de la calle nos para un tipo ofreciéndonos un viaje en taxi compartido, algo que habíamos descartado por precio pero él nos ofrece el mismo precio que los buses y llegamos en la mitad del tiempo. Un poco reticentes aceptamos y esperamos a la chica que supuestamente lo contrató. Una americana CHIFLADA que casi se tira del taxi en marcha al haber mal interpretado el precio que le tenía que pagar al taxista. Es lo que tiene no entender ni papa de español aunque llevara un año viviendo en Costa Rica. Arrancamos el viaje, en el que no deja de contarnos sus intimidades en un largo soliloquio sin descanso y cuando llegamos a la frontera empezó el espectáculo. Al no estar de acuerdo con el precio, nuevamente, amenazó al taxista, apeló a su menstruación para indicarle que no se metiera con ella, intentó hacer que pagáramos más, y finalmente tras ver todos sus delirios frustrados, pagó enfadada y desapareció. Moraleja: nunca compartáis taxi con una chalada durante su período.

Después de este desagradable incidente e intentando evitar a quien ahora llamamos Ashley sin saber muy bien por qué, hicimos cola durante una hora para que nos sellen el pasaporte. Al entrar en la caseta nos dicen que dejemos las mochilas en el suelo, en otra área. Como a nadie le gusta que le roben por gilipollas, lo ignoramos. Al cabo de tres minutos vuelve y nos obliga a dejar las mochilas. Intento decirle que quedan lejos y desatendidas, a lo que responde que es mejor eso a que le saquemos el ojo a alguien sin querer. Solo pudimos reírnos y hacerle caso. Me pregunto cuántos precedentes habrá de ojos rodando por el suelo de migración en Peñas Blancas… ¡Nos toca, por fin!

-¿Billete de salida del país? -Tenemos estos vuelos desde Panamá en un mes y pico. -Bueno, les damos 4 días para salir del país. -¿Cómo que 4? Queremos los tres meses que le dan a todo el mundo. -Pues compren allá afuera un billete de bus de salida. -Pero no tenemos fecha todavía ni sabemos de dónde queremos salir. -Cómprenlo abierto. -Pero es muy caro abierto. -(Cara de asco) Entonces no tienen dinero para estar en Costa Rica. Siguiente.

Apretando los dientes y saliendo de la fila vamos a preguntar por los billetes de bus: 42 dólares cada uno para ir de la capital de un país a otro. Sabemos que los buses que queremos coger de Costa Rica a Panamá son públicos y no cuestan más de 5 dólares en total. Nerviosos decidimos sacar el móvil y buscar opciones. Ya sabíamos que iban a pedir vuelos o billete de bus pero pensábamos que los de Panamá valdrían, por sentido común. Al final encontramos un shuttle privado que nos lleva de Puerto Viejo (CR) a Bocas del Toro (PA) por 30. Nos inventamos más o menos la fecha, metemos datos de la tarjeta de crédito pero dejamos algún dato sin rellenar sobre el servicio y nos enviaron un PDF con los datos de la reserva. Volvemos a la caseta donde enseñamos el teléfono a los mismos tipos altivos y maleducados que jorobados nos tienen que sellar por los 90 días. Me devuelve el pasaporte sin decir nada. Le pregunto si ya está y me contesta: HACE RATO. A día de hoy no confirmamos el shuttle y quedó anulada la reserva, por lo que es todo una pantomima ridícula. En cuanto a esos dos tipos, espero que si algún día tienen la suerte de tener vacaciones de su miserable trabajo puedan viajar y les traten con la educación que a ellos les falta.


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Después de pasar la primera noche en Liberia sin pena ni gloria nos vamos a Playa Hermosa en la preciosa Península de Nicoya. Entre resorts y hoteles carisísimos encontramos nuestro objetivo: el camping Congo’s, que aunque más tarde descubrimos que era de pésimo gusto y no te ofrecen ni papel higiénico, era lo único que no estaba por encima de $20. Pasamos un fin de semana fantástico viendo atardeceres mágicos en una playa donde el clima y el agua te invitan a no querer salir de ahí. Acogedora y sin edificar, es una versión más pura y limpia de San Juan del Sur en Nicaragua. Nos despertábamos con el sonido de los conguitos en el jardín y los árboles nos regalaban el espectáculo de ver monos, iguanas y ardillas conviviendo en las mismas ramas.


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De ahí nos fuimos a Sámara, también playero pero con pueblo y cositas, para que el nene acabara su última semana de trabajo más cómodo. Primera búsqueda y todos los hostels eran a partir de 25€, así que recurrimos a nuestro amado Airbnb y encontramos a Heiner. Por 14 euros teníamos toda la casa para nosotros (él iba y venía, bien simpático), así que pasamos una semanita con él. El lugar, super tranquilo a 10 minutos del pueblo y de la playa, era otro regalo para el alma rodeado de naturaleza y bichejos. La playa era enorme, y aunque bonita, no se asemeja a mi querida Playa Hermosa.


 

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Teníamos ganas de conocer la reserva natural de Cabo Blanco, pero no hay carretera desde Sámara y la vuelta que teníamos que hacer era demasiado larga, así que decidimos ir a visitar unas cataratas a Llanos de Cortés. En el bus de camino al pueblo de al lado, Bagaces, intentamos encontrar alojamiento cerca pero solo había una opción y demasiado cara, así que preguntamos a la señora que estaba sentada a nuestro lado si ella conocía algún sitio donde quedarnos. Rápidamente nos invitó a quedarnos en su casa que estaba justo al lado de las cataratas, y aunque sorprendidos y un poco temerosos, aceptamos. Allí conocimos a sus hijos, su nieto y su sobrina y compartimos confesiones culturales y religiosas durante horas. Es una familia muy religiosa, algo muy natural en Costa Rica y les costó hacerse a la idea de que no creyéramos en ningún dios o de que estuviéramos viajando por ahí y sin trabajo. Yorlenny nos mimó regalándonos intimidades, reflexiones, halagos y amor por nuestras ideas, y no menos importante, su deliciosa cocina. Comimos gallo pinto, hicimos patacones y tortillas de maíz por primera vez y fuimos a ver las cataratas que habíamos venido a ver, que mágicamente ya habían pasado a segundo plano. Son varias cascadas de fácil acceso donde pasar un día genial rodeados de gente local ¡y gratuitas! Pero sin duda, lo mejor de Llanos de Cortés para nosotros fue compartir dos días con esa generosa e increíble familia.


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Nuestra siguiente parada era el famoso Río Celeste, cuyas fotos en internet hacían que se nos derritiera la visión con sus turquesas penetrantes. Sin embargo, al llegar a Bijagua nos encontramos con la complicación de que allí no había cajero y no teníamos suficiente dinero. Aparte, no había acceso en transporte público así que cambiamos de planes, pospusimos la visita, y decidimos explorar Bijagua por unos días. ¡Qué acierto! Es uno de los pueblos que más nos gustó: fresquito, entre montañas, verde a rabiar y lleno de flores de mil colores.

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De paseo, encontramos Bijagua Ranas, el ranario de Gemelo, donde vimos 14 especies de ranas en su hábitat, una serpiente y una tarántula, entre otros bichejos. Es un lugar espectacular al lado de un río de agua cristalina que nos vio tirarnos una y otra vez de sus trampolines y tirolinas. Todo esto lo hicimos acompañados de Gemelo, Ruth y Bryan, que vivían al lado del lugar y al día siguiente nos invitaron a hacer otra caminata en busca de más ranas y a cenar chicharrones en su casa. Pasamos un día genial charlando sin parar sobre proyectos y culturas y volvemos a destacar lo generosos, abiertos y simpáticos que son los costarricenses.

 

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Al día siguiente, Ruth y Bryan nos llevaron a dar un paseo por la selva y nos llevaron hasta un árbol hueco de 25 metros que trepamos por dentro. INCREÍBLE.

Quedamos para vernos otra vez al día siguiente y como la lluvia en Bijagua era constante, fuimos a merendar con ellos y decidimos dejar la idea inicial de ir a Rio Celeste pasar, porque imaginamos que la versión que íbamos a contemplar era mas parecida a Rio Marrón y no valdría la pena. Nos despedimos de los chicos super emocionados y agradecidos por todas las experiencias que nos regalaron (incluso nos pintaron a mano unas camisetas para llevarnos de recuerdo…) y con alegría, seguimos camino hacia Monteverde.


 

20160723_141449Después de 3 horas de bus por caminos sin asfaltar con vistas impresionantes a valles, llegamos a Santa Elena. Sintiendo un frío rico y nuevo de montaña, vemos más guiris que en todo el viaje y gente persiguiéndonos para que nos quedemos en sus hostels. Damos una vuelta por el pueblo y somos testigos del circo: guiris, música fuerte, discotecas, tiendas de souvenirs… Nos imaginamos el mismo escenario natural con algo menos de impacto turista y nos apena no haberlo conocido antes. En Santa Elena hay dos reservas de bosque nuboso: Monteverde ($20 la entrada) y Santa Elena ($14 y menos visitada). Nos quedamos con la segunda opción aunque en ésta no hay cascadas para evitar las hordas turistas y disfrutar un poquito más de la naturaleza. Hay varios senderos para caminar durante horas y horas con muchas especies de árboles, mucha niebla que viaja a velocidad abismal y algún pajarito que otro. Aunque estuvo bien, no creímos que valiera la pena el esfuerzo de llegar hasta ahí y el precio de la entrada, aunque la hayamos conseguido a mitad de precio con el carnet de estudiante. Al día siguiente vamos por nuestra cuenta a dar un paseo con la ayuda de nuestro colegui  Maps.me y entramos sin hacer mucho ruido en Monteverde Lodge and Gardens. Hay unos senderos preciosos que atraviesan un riachuelo, y está lleno de mariposas, ardillas y aves. Lo disfrutamos más que la reserva de Santa Elena y ¡gratis!


Seguimos ruta para visitar Rainmaker, otro bosque menos conocido, y así sacarnos las ganas de aventura arbórea que nos quedó. Para racionar el trayecto, nos montamos en un bus de 3 horas de Monteverde hasta Puntarenas, el pueblo más feo que hemos visto en todo Centroamérica. Basura por todas partes, muchísimos comercios chinos de dudosas actividades, salones de juego y moteles. Nos vamos para Quepos lo antes posible para poder dormir cerca de Rainmaker y de camino, vemos cómo roban a un francés en el bus. Pobre, dramón.

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Cogemos un bus desde Quepos que nos deja a 7 km de la entrada al bosque. Tenemos suerte y un coche nos para y, uno arriba del otro nos acerca al acceso. ¡Nos encantó Rainmaker a pesar del diluvio! Un bosque frondoso con puentes colgantes, cascada y río donde casi perdemos una chancla. En el comedor del parque conocimos a una familia mexicana simpatiquísma que nos invitó a comer, aunque por apuro no les dejamos, y nos llevaron hasta el pueblo en coche.


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Ya en Quepos, fuimos a ver las vistas al mar y la pequeña bahía que se forma, aunque no hay playas y dudamos mucho si ir al turístico Manuel Antonio. La entrada nos pareció demasiado cara, así que optamos por ir pero solo acercarnos a la bonita playa pública que hay justo antes de la entrada al parque.

Y cuando ya estábamos de vuelta y muy cerca de pillar el bus… pasó lo que llevaba esperando mucho tiempo… VIMOS UN PEREZOSO. Nos quedamos embobados mirándolo un rato mientras nos regalaba un lento baile y fue uno de los momentos que más me emocionó de los ocho meses que estuvimos por esos lares.

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Después de nuestro ansiado momento con el perezoso, arrancamos nuevamente viaje hasta Chepe, la capital (San José). Ya era viernes y quedamos con María José, una amiga que hizo Sara C. en su paso por Nicaragua. Con toda la alegría del mundo nos llevó a recorrer la ciudad y nos explicó que San José no tiene casco histórico porque todo se vino abajo en dos terremotos distintos. Comimos en el mercado central una buena olla de carne y nos invita al Teatro Nacional. Nos pareció una ciudad un tanto extraña, de edificios bajos con montañitas a lo lejos y un montón de gente caminando con prisa por la avenida central como si todos llegaran tarde a algún sitio. Nos quedamos a dormir en su casa con su amiga Leo y al día siguiente nos fuimos los tres a Cahuita (Pimenta, yo y mi diarrea…). Una vez más, aunque no guardamos fotos que lo demuestren, lo mejor de todo fue la gente: la Macha nos cuidó como nadie e hizo de esa experiencia un regalo.


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Atacamos el Caribe Sur después de 4 horitas en bus donde Cahuita nos recibió humilde, con sus aires jamaicanos y población mayoritariamente afrocaribeña. Fuimos al Parque Nacional de Cahuita que es gratuito (se aceptan donaciones) y fue impresionante. Es un bosque tropical en plena playa de arena blanca y mar turquesita. En toda el área protegida pudimos ver mapaches, congos, cariblancas, víboras y muchas mariposas. Son siete kilómetros imperdibles de sendero llenos de sorpresas hasta el final, uno de nuestros lugares favoritos.

También quisimos visitar Tree of Life, un centro de rescate a unos 3 km llevado por unas holandesas. El terreno es grande y tienen gran variedad de plantas y árboles sobre los que te van instruyendo (ylang ylang, cacao, bambú, pimienta, canela…) pero la parte de los animales no nos convenció tanto. Vimos kinkajous, mapaches, monos, cerdos y ciervos que estaban heridos o confiscados por el gobierno tras ser utilizados como mascotas, y allí los rehabilitan para devolverlos a su hábitat o de ser imposible, los cuidan hasta el final. El problema es que algunos de ellos estaban en jaulas muy pequeñas y no pudimos evitar tener esa sensación de estar fomentando un zoo, aunque solo sea en parte.


A 30 minutos en bus nos esperaba Puerto Viejo, mucho más grande y turístico que Cahuita, con aires bohemios y hippillos. Alquilamos unas bicis y nos fuimos a otro centro de rescate, para ayudar con nuestras donaciones y también para poder comparar. En Centro de Rescate Jaguar nos dejó con una sensación bastante más agradable, llevaban ya más de siete años rescatando animales y reintroduciéndolos en su hábitat. El guía, Dexter, super amable, nos explicó bien todo el proceso y cómo llevan a los animales al bosque poco a poco hasta que pueden valerse por sí mismos. En el centro trabajaban muchos voluntarios siguiendo direcciones de un veterinario y una bióloga de Barcelona.

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Elegimos Manzanillo como última parada de este hermoso país que nos estaba dejando sin aliento. Esta reserva se sitúa a tan solo media horita de Puerto Viejo y aunque los caminos eran demasiado salvajes y no pudimos ver más que una serpiente, tiene una playa hermosa que vale la pena conocer.

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¡No me teman y vengan a conocer Costa Rica!

 

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